Thursday, December 22, 2005

El cielo naranja entre los árboles

Durante mucho tiempo intenté olvidar aquella tarde. Yo tenía doce años, y Lanús no me ofrecía más que otro sábado en el umbral de la casa de Nancy y Lorena, mis primas. Como de costumbre, ellas, nuestra amiga Marisol y yo escribíamos poesías en cuadernos y mirábamos a la gente pasar en bicicleta, cuando vimos a Juancho salir de su casa. No nos sorprendió: todos los fines de semana, cerca de las cinco de la tarde, Juancho aparecía en la calle con su clásico jean roñoso, su enmarañado y largo pelo negro, y el infaltable cigarrillo, consumido, misteriosamente, siempre por la mitad. Aunque en ese entonces a mí me parecía casi adulto, Juancho era apenas un adolescente, y dedicaba las tardes a conseguir limosnas para el que parecía ser su único objetivo vital: fumar marihuana al atardecer. Aquel sábado, además de su tradicional apariencia, vimos que cargaba un par de muletas que apoyó contra la pared antes de terminar su vaso de cerveza y su medio cigarrillo. La primera que habló fue Lorena.
– ¿Se quedó paralítico?
Mi prima Lorena nunca tuvo muchas luces. Años más tarde, ocuparía varias horas de cada fin de semana en teñirse los pelos del brazo para que le quedaran siempre rubios.
– Estúpida, ¿no ves que salió caminando y se sentó en la puerta? – contestó Nancy, la mayor.
Abandoné la trascripción de algún poema de Bécquer y me senté a esperar que pasara algo, aquellas muletas eran un verdadero misterio. Al ver que lo mirábamos, Juancho sacó el paquete arrugado de un bolsillo de su camisa y encendió un nuevo cigarrillo. Lo fumó en forma inusual, pausada, dedicándonos una miradita insidiosa de tanto en tanto. Minutos más tarde lo aplastó con cuidado sobre el piso, y después de estirarse el pelo detrás de las orejas, se agazapó. Por un momento pensé que sus ojos verdes me miraban a mí, pero luego comprendí que miraban a través de mí, hacia el horizonte más allá de Puente Alsina. Al darme vuelta supe que algo ocurriría pronto: en la otra cuadra, una anciana se dirigía hacia donde estábamos y arrastraba con parsimonia su changuito, tal vez cargado de papas y mandarinas.
Todos la conocíamos: era Lola, la gallega de Catamarca y Vera Cruz, caracterizada por su incomprensible castellano y su inconfundible olor a transpiración. Se decía que había recibido una considerable fortuna al enviudar, y que el gobierno español le enviaba dinero todos los meses por el sólo hecho de ser ciudadana europea. Y aunque los harapos que se tiraba encima para salir a la calle no se correspondían con aquellas historias, el mito de Lola Rica se había instalado entre los vecinos. Volvió a sorprendernos un comentario de Lorena, esta vez extrañamente violento para una chica tan rubia.
– Miren si le clava las muletas en las costillas y después le roba el chango y las llaves de la casa.
Juancho tenía la espalda encorvada, los hombros rígidos y los dedos de la mano semiabiertos e inmóviles: pintado de blanco y colocado en la intersección de Florida y Lavalle, hubiera pasado por estatua humana, y yo, de haber estado ahí, le habría dado una moneda para que se moviese y saltara de una vez por todas sobre su víctima. Quizás por eso nadie se atrevió a contradecir a Lorena: Lola Rica ensangrentada con dos muletas clavadas en sus costillas era algo demasiado cinematográfico para un barrio de casitas tan bajas, pero la tarea que Juancho parecía a punto de realizar alimentaba nuestras esperanzas de un sábado con un poco de acción.
– Espiemos por la ventana que es más divertido.
Marisol iba al colegio con Lorena y siempre había sido miedosa. Dos años menor que yo, tenía los ojos oscuros, como su piel, y chiquitos, como dos almendras recién nacidas. Su madre insistía en peinarla con dos colitas bien tirantes, ubicadas en el centro exacto de la línea imaginaria entre la frente y la nuca, y equidistantes de la prolija raya al medio. Nancy, hasta ese momento muy seria, empezó a reír después de escuchar el comentario de Marisol hasta que le saltaron lágrimas, y las lágrimas se mezclaron con sus mejillas sucias de tarde entera pasada en el umbral, y la cara le quedó roja y gris. Lorena y yo nos tentamos y pronto éramos tres las caras rojas y grises. Cuando se le agotó la risa, Nancy apoyó una de las manos en su estómago y suspiró. Luego habló con la misma voz profunda que usaba para contarnos anécdotas de su padre camionero.
– No, no vamos a entrar, Cuca – Nancy siempre la llamaba así, decía que Marisol era como una cucarachita, chiquita y negra - Nos vamos a quedar acá y vamos a ser testigos del asesinato – y como los ojos de Marisol ya parecían dos almendras de vidrio, continuó
– Y Juancho va a saber que lo vimos. Y nos va a matar para que no hablemos con la policía.
Pensé que faltaban segundos para que Marisol se pusiera a llorar, pero aunque el labio inferior le temblaba, logró contenerse.
– No le tengo miedo a Juancho – dijo, y apoyó con fuerza las manos en la cintura, como si quisiera afirmarse a la vereda.
Yo observaba con algo de culpa sus labios temblorosos, cuando de pronto se oyó un ruido desde la vereda de Juancho. Nos quedamos en silencio, salvo Nancy, que nunca sabía cuándo detenerse y en lugar de prestar atención a lo que estaba a punto de ocurrir, cantaba en voz muy baja, pero irritante, que íbamos a morir jóvenes. Apoyado sobre una de las muletas, Juancho intentaba levantar la otra, que se le había caído al suelo: la manga de su camisa se le había subido por encima del codo dejando la piel trigueña a la vista, y llegué a ver los pelos del brazo, negros como los de Lorena, que aún no se los teñía, y las manos, que parecían hábiles y fuertes. Cuando al fin logró alcanzar la muleta, levantó la vista y se cruzó con mis ojos durante algunos segundos. Me sonrojé, creo que él se dio cuenta porque miró para otro lado y terminó de incorporarse. Noté que no apoyaba el pie izquierdo y que torcía en forma extraña un brazo, como si lo tuviese roto. Entonces sentí aquel inmundo, poderoso y distintivo olor.
– Buenos tardes, Lola – Nancy la saludó con su voz más inocente, nos hacía caras espantosas cuando la gallega no la miraba, y cuando la miraba batía sus pestañas como un ángel.
Lola siguió de largo y con ella se fueron el olor y una serie de palabras que no llegamos a comprender. Quizás nos había saludado, no había forma de saberlo. Aprendé a hablar argentino, dijo Nancy en voz baja y Lorena le festejó la ocurrencia.
Yo también me reí. Antes de cruzar la calle, la gallega se detuvo y observó hacia ambos lados: tal vez pasaba el primer auto de la tarde. Juancho, lisiado, comenzó a acercársele y extendió la mano del brazo sano para pedirle una limosna. Aunque no escuchábamos lo que decían, quizás él le habría dicho déme un peso señora, una ayudita, si usted es millonaria, y mientras lo hacía le señalaba las lesiones que le impedían conseguir un trabajo digno. Lola, que avanzaba con la misma lentitud, negaba con la cabeza y después decía que no con el dedo índice.
En un momento se detuvo, llevó las manos hacia su pecho en clara señal de queja y luego hacia el cuerpo de Juancho en clara señal de desconfianza, tal vez le decía a quién querés engañar delincuente, si te conozco desde que eras así de petiso, o quizás le preguntaba ¿para qué querés la plata, para gastártela en drogas? Pero, lo deduje por su expresión, lo único que Juancho llegaba a entender de todo aquello era el no con la cabeza y el no con el dedo índice, ni una sola de las palabras de la indescifrable Lola Rica. Cuando comprendió que no conseguiría ni diez centavos, soltó las muletas, las tomó con sus dos brazos sanos y, después de acomodarse la camisa, volvió la media cuadra que había hecho durante la interpretación. Lola, al verlo tan saludable, comenzó a gritar y a agitar los brazos en clara señal de indignación, tal vez se quejaba de cómo sus padres lo habían educado o de la desfachatez para querer aprovecharse así de una pobre viejita indefensa. Después, cuando se cansó, siguió su camino, lenta, enigmática y olorosa como siempre.
Desilusionada, Nancy se sentó en el cordón de la calle y comenzó a tirar piedritas muy cerca de un viejo Peugeot 504 estacionado enfrente. Entonces Lorena nos pidió que nos acercáramos, parecía ansiosa.
– Démosle plata. A mí me sobraron veinte centavos del kiosco – y, después de tomar aire, concluyó – Si nadie quiere ir se la llevo yo, no me importa.
Nancy, que participaba desde el cordón, dijo que aquello era la estupidez más grande que jamás había escuchado, que lo que estábamos esperando no era ver un borracho feliz sino unas muletas clavarse en las costillas de Lola.
– Aunque, pensándolo bien, – agregó – sería divertido que Marisol le llevara la plata. ¿O te da miedo que te clave las muletas a vos, Cuca? – lo dijo en tono burlón, y después gritó - ¡Ojo con Juancho!
Tal vez él la oyó, porque lo vi mirarla mientras sacaba un nuevo cigarrillo del paquete y, fiel a su misteriosa costumbre, lo rompía hasta dejarlo por la mitad. Luego, lo encendió y pareció perderse en otros pensamientos. Marisol dijo que ella no quería darle plata a Juancho, y Nancy, que se había levantado y daba saltitos, repetía que Marisol era una cucarachita miedosa, ¡tiene miedo!, ¡la cucarachita tiene miedo!
– No – dijo Marisol, con voz incierta.
Festejando la idea de su hermana y la suya propia, Lorena me preguntó si yo tenía alguna moneda, veinte centavos es muy poco, me dijo, para darle esto mejor no le demos nada.
– ¿Tenés o no tenés? - insistió al ver que yo no respondía.
Yo tenía un peso. Los sábados me daban un peso con cincuenta y esa tarde no me había comprado muchas cosas. Darle la plata a Juancho me parecía una buena idea, pero Nancy se había empeñado en que cruzara Marisol y yo también quería cruzar hasta Juancho, acercarme a sus ojos verdes.
– Ah no, ya sé…no querés cruzar porque te gusta, ¿no? ¡A la cucarachita miedosa le gusta el negro Juancho! ¡A la cucarachita le gusta otra cucaracha!
Y si yo llegaba a decirlo, si llegaba a admitir que quería cruzar, Nancy no se olvidaría nunca y se reiría de mí hasta que tuviéramos cien años, todas se reirían de mí, le contarían a todos en el colegio y se enteraría mi madre y mi padre y de sólo pensarlo me daba vergüenza, nadie podía saber que me gustaba Juancho, nunca.
– ¡Confesá, cucarachita! – dijo Nancy antes de quedarse en silencio, la vista fija en los ojos de Marisol.
Marisol se sentó en la escalera y se cubrió los ojos con las manos. Lloraba. Yo no veía las lágrimas pero podía oírla, su pelo se movía apenas por el llanto y supe que aquel llanto tenía que ver con el miedo y con la vergüenza de llorar, con la vergüenza.
– Basta, Nancy – dije, y enseguida me arrepentí.
Nadie nunca se animaba a contestarle a Nancy, no valía la pena, ella jamás aceptaría haberse equivocado. Nunca nadie se animaba a contestarle y yo tampoco, pero aquella tarde le contesté. No sé por qué lo hice.
– Hagamos una cosa, yo la acompaño – le dije, con la esperanza de que aún no se hubiera enojado conmigo.
Nancy me miró seria. Parada al borde del cordón, dejó caer al piso las pocas piedritas que le quedaban en la mano.
– ¿Vos qué te metés a defenderla? – dijo, y después, cuando vi sus ojos, supe que no había terminado - ¿Por qué no te vas con los varones, nene? ¿O no tenés otra cosa que hacer que escribir poesías con tus primitas?
Lo peor fue la risa de Lorena, minúscula, oculta bajo sus manos. Marisol levantó la vista y me miró, había dejado de llorar. Después se acercó a Lorena, que jugueteaba con los veinte centavos, y dijo:
– Dame la plata.
Nancy me dedicó una sonrisa luminosa y después no volvió a mirarme. Yo no volví a hablar, en aquel momento lo único que podía era quedarme callado y lo único que deseaba era que me dejaran solo, que un sábado más pronto quedara en el olvido. Enfrente, vi a Juancho extender la mano y a Marisol soltarle las dos monedas. Me pareció que él le decía algo, pero fue tan breve que no pude estar seguro. Cuando regresó con nosotros, las colitas aún perfectamente tirantes, Marisol volvió a sentarse en la escalera y esperó que le preguntásemos algo. Como siempre, fue Lorena la primera en hablar.
– ¿Y? ¿Qué te dijo?
"Gracias, linda" – contestó Marisol, y miró a Nancy con sus ojos de almendra.
El inconfundible aroma de los atardeceres de Juancho llegó hasta nuestro umbral. Levanté la cabeza y abrí grandes los ojos: el cielo naranja se rompía entre los árboles. Entonces, luego de despedirme, vi las piedritas de Nancy amontonadas junto al auto viejo y las pateé dentro de una alcantarilla, las vi caer hasta perderse y supliqué por ellas, porque existiera la tarde en que, después de horribles túneles oscuros inundados de ratas, mis piedras llegaran al río y desde allí, al fin, al mar, inmenso y azul, tal como lo imaginaba yo cuando tenía doce años.


Invierno con sol

Ana agradece el aumento, vuelve a su escritorio y siente que más que estar agradecida debería ofenderse, al fin y al cabo trabaja ahí desde hace cinco años y nunca, a pesar de que se lo merecía, le dieron el aumento que en varias ocasiones se animó a pedir. Entrega todos los informes prolijos, al menos dos sábados por mes se queda en la oficina, y hasta le sirve el café a su jefa siempre tan ocupada. Pero no importa. Acepta y agradece. El dinero extra nunca viene mal.
Las horas se hunden de a poco como en un reloj de arena. Por lo general Ana quiere irse del trabajo, pero a veces le da lo mismo. Si llega a su casa a las nueve en lugar de llegar a las siete, tiene que esperar menos hasta la hora de cenar. Y después, cenar sola, quizás leer o mirar algo de televisión, todo esto también le gusta tan sólo algunas noches. Se le ocurren por lo menos cinco o seis trabajos mejores que el suyo, pero ninguno parece estar dentro de sus posibilidades. Esto la angustia aún más que tener veintiocho años y trabajar en un estudio contable. Veintiocho años es poco, pero a esa edad nadie se vuelve, por ejemplo, bailarina. Además, Ana piensa que hay personas que nacen hermosas, otras con suerte, otras con algún gran talento y otras, como ella, perfectamente normales.
El buscaminas le alivia la jornada. Ana se volvió una experta y juega en el nivel de máxima dificultad. Hoy, si el repentino timbre del teléfono no la hubiera desconcentrado, habría podido ganar, pero ahora el monitor se cubre de bombas que estallan en una detonación masiva y su jefa, su voz aguda en el teléfono, le recuerda que el informe del banco de Córdoba vence hoy. Ana aprovecha para ir a buscar otro café, el que tenía en el escritorio se enfrió sin que llegara a tomarlo. Antes, pasa por el baño y se queda unos minutos frente al espejo. Apoya las manos sobre las mejillas: la piel joven se estira perfecta y las pestañas se arquean sobre sus ojos marrones. Podría haber sido la cara de una publicidad de cremas hidratantes, o directora de cine. Podría irse de viaje. El agua fría en las manos le hace bien. Se arregla el peinado y decide que esa noche invitará a su madre a cenar. A su madre y también a Victoria, su mejor amiga. El papel con el que se seca, que cae a un costado del tacho de basura, contrasta con el brillante piso negro del baño.
Cuando al fin se hacen las seis de la tarde, Ana guarda sus cosas, se abriga y sale hacia la estación de subte. En el camino, se detiene en un cajero automático: hoy, que sabe que tendrá un mejor sueldo y que podrá ahorrar en seis meses lo que logró ahorrar en el último año, puede darse un gusto.
Empuja hasta que logra hacerse un lugar en el vagón. Junto a ella, un hombre de unos treinta años, traje gris y camisa muy blanca, habla por teléfono con una mujer llamada Verónica. Verónica debe haberle preguntado cómo fue su día. Ahora, qué desea para cenar. Ahora debe haber dicho "te quiero mucho". Otro hombre lee el diario. Una mujer joven carga a un chico de unos tres años y le acaricia el pelo con dulzura. No hay aire. Necesita salir pronto.
Las cinco cuadras desde la estación hasta su departamento están llenas de negocios de todo tipo. En el supermercado, compra el pollo y las verduras para la cena. Luego entra en un negocio de ropa de diseño exclusivo y se examina durante algunos segundos bajo la luz pálida del probador: el vestido de trescientos pesos deja a la vista sus piernas flacas y blancas, las rodillas algo chuecas y un pequeño moretón cerca del tobillo. Después, en la disquería, compra diez discos al azar y pide al vendedor que los envuelva de a cinco en dos paquetes diferentes. Sale apurada, le molesta la música fuerte y también el ruido de los motores de los autos.
Su departamento no es muy grande y para llegar hay que subir cuatro pisos por escalera, pero lo alquiló barato. "Luminoso", decía el aviso del diario. Ana pasa poco tiempo allí y cuando llega casi siempre es de noche, pero cuando algún sábado se queda todo el día sin salir vuelve a pensar que haber priorizado la luz al ascensor fue una buena idea: por la ventana del cuarto entra un rayo de sol que sólo se va después del mediodía.
Ahora ordena el living, prepara la comida y cuando se da cuenta ya son las nueve. Debe apurarse, sus invitadas llegarán en menos de treinta minutos. El baño se llena del vapor de la ducha. Hace algunas semanas le aparecieron varias manchas rojas en un brazo, se las vio un día, de pronto, y desde ese día sabe que debería ir al médico. Sus amigas le dijeron que puede ser una simple alergia, pero Ana teme que sea algo grave. Cada vez que ve las manchas se angustia, por eso ahora cubre el cuerpo con jabón y sólo llega a ver espuma blanca sobre su piel blanca.
En la cena, su madre habla del llamado que recibió de una hermana que vive en el exterior y Victoria cuenta que aprobó un examen muy importante de su carrera. Ana abre su bolso, saca los paquetes de la disquería y regala uno a cada una de sus invitadas. A su madre le tocaron tres de jazz y dos de brit pop. A Victoria, dos de música afro, uno de una banda argentina de moda y un disco doble de los Beatles. Gracias, ¿y esto por qué?, pregunta su madre. Ana les cuenta del aumento y entonces la felicitan, le preguntan cómo fue, por qué, desde cuándo, cuánto. Hubiera sido mejor decir que se los regalaba porque sí, piensa Ana, porque las quiero y punto. Victoria la mira con ojos grandes. ¿Estás bien?
Ana se levanta y lleva los platos hasta la cocina, dice que la esperen, que ya vuelve con el café. Mientras observa el agua caliente remover los restos en los platos, oye las voces de su madre y de Victoria que llegan desde el living. Sobre sus mejillas, apoya las manos ásperas por el detergente. Luego se acaricia los hombros y el cuello. Desearía irse a dormir.
El café amargo va muy bien con las galletitas de manteca que trajo su madre. Victoria puso el disco de los Beatles y tararea el estribillo de uno de los temas, es un regalo bien elegido, dice. Mientras tanto, la madre de Ana juguetea con las cajas de sus discos nuevos y pregunta más cosas a su hija, cómo va con la facultad, si terminó de tejer la bufanda celeste, si se hizo revisar las manchas en el brazo. El padre de Ana murió, ella no tiene hermanos y por eso su madre y Victoria son casi su única familia. Pero ahora, igual, y aunque las quiere tanto, en verdad desearía quedarse sola. Ya es casi medianoche.
Cuando sus invitadas al fin se van, Ana se queda en el sillón del living durante algunos minutos. De día, su barrio céntrico es tan ruidoso que es mejor tener todas las ventanas cerradas, pero de noche el silencio es muy agradable. Toma un sorbo más de la taza de café. Está frío, pero no le importa. Luego, pone un disco de Nina Simone, saca el vestido de la bolsa que dejó junto a la mesita de luz y lo extiende sobre la cama. Mientras baila, se saca la ropa de a poco, primero la camisa, luego el jean y por último la ropa interior. Podría haber sido actriz, o pianista. Se pone el vestido nuevo, la tela es suave sobre la piel desnuda y, otra vez, sus piernas blancas y flacas se dibujan en el espejo pálido del cuarto. Siempre creyó que debería haber nacido con un lunar, por eso ahora toma el delineador, dibuja uno muy pequeño sobre los labios y, después, acentúa delicadamente la curva de los ojos. Descalza, se acerca hasta el balcón y sale a la noche. Dos perros revuelven una bolsa de basura abierta en medio de la calle. Entonces, Ana respira el aire frío del invierno, asoma el torso por sobre la baranda y después, cinco segundos después, sabe que hoy tampoco logrará saltar hacia el asfalto.


Natalia Moret nació en 1978 en Lanús, provincia de Buenos Aires. Estudió Sociología en la UBA.
Publicó cuentos en dos antologías: Historias Breves (Sudamericana, 2001); Historias de Navidad (Entrecasa, 2005). Actualmente trabaja en su primer libro de cuentos.

5 Comments:

Blogger Molina said...

Impecable, Moret, como siempre.

9:59 AM  
Blogger la vida en pijamas said...

muchas gracias, molina

besos,

12:17 PM  
Blogger Bortol said...

Nati, hermoso lo tuyo. Soy Ger, nos vimos en el redHostel de monetvideo hace algunos años. Empece sociologia y queria tu celebre consejo. Besos. Seguis linda nena.

12:09 PM  
Blogger Hasini Rao said...

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