Wednesday, January 04, 2006

Tocaña

Julia llega a Coroico después de cuatro horas por camino de ripio. Coroico es un pueblo de las yungas bolivianas construido sobre la cima de un cerro, no más grande que la cima. Sobre el camino caen cascadas enormes de agua que van aflojando la tierra y el cerro hasta el derrumbe. La ruta más peligrosa del mundo o la ruta de la muerte: así la promocionan los bolivianos a los extranjeros, y les ofrecen, para llegar sin correr riesgos, desde bicicletas hasta helicópteros. Julia es argentina y no tiene para pagarse un helicóptero, así que se tomó un micro desde La Paz. En El Alto, antes de entrar al camino de ripio, el chofer se persignó. Y durante el camino Julia vio, allá abajo, al pie de los cerros, una puerta, una rueda, la cabina de un camión entre los plátanos.
La primera noche en Coroico Julia duerme con un argentino que le cuenta sobre Tocaña: una comunidad afroboliviana en el cerro de enfrente: no más de cincuenta descendientes de esclavos de la corona española que decidieron quedarse en el cerro cuando se abolió la esclavitud. Entre los esclavos, los españoles habían traído confundido a un rey. Y todavía hoy Tocaña tiene, en un país donde casi no hubo presidentes, su familia real. Imperdible, le dice el argentino. ¿Fuiste caminando?, le pregunta Julia. No, contesta el argentino: con el calor que hace, qué voy a ir.
Al otro día Julia se calza la mochila y sale sigilosa del cuarto del argentino: no le gustó del todo, no le gustan los hombres que caminan poco. Tiene dos horas para bajar al pie de Coroico y otra hora para subir a la cima de Tocaña. Pero camina quince minutos y pasa un camión. Julia le hace señas con las dos manos porque en Bolivia ya probó y el dedo no sirve, y el camión para. Por dos bolivianos la lleva hasta el puente. De ahí, le queda cruzar el río y subir hasta Tocaña.
Antes de cruzar el puente Julia baja al río. Se moja la cabeza, se saca la remera, se mete en el agua. Piensa si algún afroboliviano la estará mirando desde los cafetales. No hay nadie, todo verde. Se vuelve a vestir y sigue caminando. Es pleno medio día. No soporta el calor y se le paspan las piernas porque tiene el short mojado. Trata de acortar camino subiendo por las terrazas de coca, pero siente que con el peso de la mochila todas las vértebras, desde el cuello a la cintura, se le juntan como un moño en el huesito dulce.
La primera casa que ve, sola entre la vegetación, es la de Vicente. El jardín está repleto de campesinos negros, los negros más negros de todos los negros que vio en Bolivia. Las negras usan las mismas polleras infladas y coloridas de las cholas de Potosí y La Paz, pero en lugar de trenzas largas llevan dos colas duras y cortas a los costados de la cara, casi como cuernos hechos de su pelo negro mota. Desde el camino, pregunta dónde está el pueblo. Deje la carga, le dicen las cholas: descanse, amiga, que ya está en el pueblo. Julia entra al jardín. Unos negritos de tres a siete años juegan en una hamaca de tela sujetada a dos mangos. Luchan por quedarse con la hamaca. Vicente, un viejo de unos sesenta años, le dice que tiene suerte: llegó en día de fiesta. El va a tocar los tambores con tres viejos más, los negritos van a bailar la saya y las mujeres están cocinando, en una olla a leña en el jardín, la comida para la noche: yuca, quínoa, chuño. Una chola machaca locoto para la salsa picante y otra controla el charqui: pedazos de carne colgados en la misma soga en que hay polleras y pantalones, secándose todo junto al sol. Vicente le dice que se puede quedar a dormir en su casa. Julia acepta: no hay otro lugar donde quedarse. A lo lejos, por el mismo camino que subió ella, ve llegar casi veinte chicos y chicas de quince a dieciocho años, con sus cuadernos debajo del brazo: son estudiantes que regresan a su casa después de una semana más en el internado de Coroico. Julia se queda fija en un negro que sube más ágil que todos los demás por los cafetales: con sus apenas dieciséis o diecisiete años, tiene los músculos torneados de un hombre de treinta. Se acerca a lo de Vicente. Ve sus brazos marcados, los muslos tensándose a cada paso, la cola redonda y firme insinuándose debajo de un pantalón de tela liviana. Y la piel, negra y lampiña, brillando al sol.
-Rumer- se presenta el chico, y le tiende una mano.
Por un momento Julia no entiende si le está hablando en otro idioma o si le acaba de decir su nombre. Le da la mano y siente en su palma la palma seca y tibia de él. No transpira, piensa.
-Tienes que cortar más caña- le dice Vicente-. La mueles y me la traes antes de que oscurezca.
Rumer asiente. Vicente se dirige a Julia:
-Es el hijo del rey-. Y sonríe.
Julia también se ríe: no sabe si la está cargando.
La fiesta empieza a la noche en un terreno lleno de árboles cercano al puente. Hace el mismo calor que hacía de día y se multiplicaron los maribíes: unas moscas muy chicas que cuando pican le dejan un agujero rojo lleno de sangre. Los negros se sorprenden porque es a la única que le dejan esas marcas coloradas. Preparan el Singani en un balde, con jugo de caña. A Julia le sirven a cada rato y una negrita le enseña a bailar la saya. Vicente y otros viejos le dan a los timbales. Las mujeres y los hombres bailan en dos filas enfrentadas. Rumer, látigo en mano, baila en el medio y alrededor de las filas. Se desplaza por donde quiere, simbolizando al antiguo capataz. “Ay, ay, ay”, cantan los negros y las negras de las filas, “ya no hay esclavitud”. Y las mujeres zarandean las polleras desafiando al capataz. Julia lo mira. Tiene en la mano el quinto vaso de Singani y respira agitada por la saya que acaba de bailar. Rumer también la mira, y de vez en cuando pega un latigazo sobre los pies de alguna negra. Termina la saya y Julia se aleja de la fiesta para hacer pis. Se agacha en la oscuridad, la espalda toca algo que no sabe si es una planta o un animal. Abre las piernas, en cuclillas, tratando de medir que el chorro no le moje los pies. Cuando sale de atrás de un arbusto se encuentra con Rumer. Le gustan sus ojos en la oscuridad: el iris muy negro y el fondo blanquísimo, como los ojos de un perro. Rumer se acerca. Le pasa una mano por debajo de la pollera y le agarra la cola. Julia piensa en que está toda transpirada. Pasa una chola con una pollera enorme caminando por la oscuridad. Rumer se aparte de Julia. La chola dice algo en aymará. Ya, dice Rumer, vuelvo más tarde. La chola se aleja.
-Quién era- pregunta Julia.
-Mi mamá.
Rumer la vuelve a agarrar de la cola. Julia piensa en la hepatitis A, la hepatitis B, el cólera y la fiebre tifoidea: no lo va a besar. Pero él ya la está besando y Julia no pudo o no quiso correr la cara.
Un rato después, más adentro del cerro, Rumer se saca la remera y la tira sobre el pasto. Julia le pregunta si no hay pumas.
-Hay- le dice Rumer-. Pero casi no vienen al pueblo.
Julia se recuesta sobre la remera. Llega, como un murmullo, la música afro de la fiesta. Mientras Rumer le saca la bombacha, ella piensa en el mail que le va a escribir a sus amigas. Después Rumer baja la cabeza hasta la pelvis de ella. Julia no quiere cerrar los ojos: tiene a Rumer haciendo maravillas allá abajo, arriba el cielo más estrellado que vio en su vida y oscuridad todo alrededor. Extiende una mano y le toca la cabeza: siente las motas ásperas en la palma de su mano. Lo trae hasta su boca. Lo besa. Siente el gusto ácido de su vágina en la lengua de él. Rumer le abre las piernas y se acomoda. Unos pastos largos le rozan la cola, se le meten entre las nalgas. A ella no le importa que él termine adentro con tal de que siga así toda la noche.
Ya casi amanece. Julia se está durmiendo sobre las piernas de Rumer. Rumer le arranca de la cara los pellejos de piel quemados por el sol. Debajo de los pellejos Julia tiene la piel más blanca todavía. El sol pega cada vez más fuerte y Julia no se puso protector solar. Abre los ojos.
-Me voy a dormir- le dice.
Rumer la mira, le dice que nunca se imaginó tener una novia como ella. Le pide su collar: un collar de lechuzas verdes que Julia se compró en la feria de Sucre. Ella no sabe cómo decirle que no, que ya está, que fue una noche y nada más. No se lo dice: cómo le explica a un afroboliviano que vive en un cerro de las yungas bolivianas su vida en Buenos Aires. Simula que se va a sacar el collar pero le hace un nudo más fuerte. No puedo, le dice. Rumer intenta aflojar el nudo pero tampoco puede, entonces se saca su pulsera. Maniya, le dice él, y la ata a la muñeca de Julia. Rumer le dice que la va a pasar a buscar por lo de Vicente a la tarde. Que a esa hora el sol da de lleno en el río y el agua se pone de diferentes colores. Y antes de dejarla ir a dormir, le vuelve a bajar la bombacha y se vuelve a acomodar entre sus muslos.
Julia se despierta temprano. Escucha a Vicente dando vueltas por el jardín y se queda en la cama. Ruega que Rumer no la venga a buscar mientras esté Vicente. Se moriría de vergüenza. Hace tiempo hasta que se queda dormida, otra vez. Cuando se despierta Vicente ya no está. Se levanta de la cama y sale al jardín. Se acuesta en la hamaca de tela. Mira el sol, trata de calcular la hora. Ya deben de ser cerca de las cuatro de la tarde y Rumer todavía no la pasó a buscar. Espera. Cierra los ojos. Se cruza de brazos y toca la pulsera de Rumer. Sonríe, recordando la noche anterior. Ya sabe lo que le va a escribir a sus amigas: que el mito de los negros es verdad. Se hamaca. Va a buscar los cigarrillos a su mochila. Vuelve a la hamaca. Fuma un cigarrillo. Lo termina. Dormita. Vuelve a la casa y se pone protector solar. Sale. Se sigue hamacando. Ya deben de ser las cinco y Rumer no llega. Se sienta en la hamaca. Apoya los pies en el suelo y mira al cafetal. Se vuelve a recostar en la hamaca, y cuando está por quedarse dormida escucha un motor. Se incorpora y mira hacia el camino. Ve acercarse un camión. En la caja, parados, van diez o doce campesinos de Tocaña. En esa zona es casi imposible que pasen vehículos, y Julia sabe que si se le presenta la suerte hay que aprovecharla.
-¿Van a Coroico?- les grita.
-A Rurrenabaque- grita el camionero.
Julia piensa: Rurrenabaque es un pueblo internado en la amazonía boliviana, a dieciocho horas de Coroico. Tiene ganas de que se le crucen pumas de verdad y en La Paz se dio la vacuna de la fiebre amarilla. Pega un salto y sale de la hamaca. Agarra su mochila y corre al camión. Trata de subir a la caja. Dos campesinos la levantan de los brazos. Diez bolivianos, le grita el camionero desde la cabina, a través del espejo retrovisor. Cinco, grita Julia. El camionero asiente y arranca. Entre los campesinos hay tres o cuatro campesinas mujeres. Una de ellas es la madre de Rumer, la reina, cargada de picos y palas. Julia piensa que alguno de esos campesinos tiene que ser el rey. Pero le parecen todos tan iguales que no puede darse cuenta quién será el padre de Rumer. Se acomoda con el pecho contra la caja. Mira cómo se aleja el pueblo de Tocaña. Pasa por el lugar donde fue la fiesta: hay vasos en el piso, botellas, el antiguo balde con Singani y serpentinas de colores. Tres negritos juegan con los restos de la noche. Uno de ellos está colgado de cabeza de un árbol, intentando hacer una tela de araña, de rama a rama, con la serpentina. De pronto, detrás de un cañaveral, le parece ver a Rumer con un machete dándole a las cañas. No puede estar segura de que sea él porque está de espaldas, pero se toma del collar instantáneamente. Intenta sacárselo. El camión agarra el puente que cruza el río hacia Coroico y, después, el camino hacia Rurrenabaque. Julia no puede desatarse el collar y se lo arranca de un tirón. Lo tira con fuerza al cerro, intentando que llegue al lugar de la fiesta. Terminan de cruzar el puente y Julia se da vuelta, mirando el camino: está entrando a la ruta más peligrosa del mundo, y en algo tan alejado a un helicóptero como un camión. El collar de lechuzas verdes choca contra una botella y rueda por la pendiente. Llega al borde, cae y se pierde en el río. A ella le duele el cuello, siente el ardor donde le va a quedar la marca del collar que se acaba de arrancar.

María Laura Meradi nació en Adrogué, Buenos Aires, en 1981. Escribió “Sorpresa”, cortometraje que integra 18-J, la película en homenaje a las víctimas de la AMIA. Su cuento “Papá y Mariela” integra la antología Cuentos de luz y de sombra, seleccionada por Angélica Gorodischer. Estudia Letras en la UBA y tiene una novela inédita. Actualmente trabaja como guionista en la Audiovideoteca de Escritores de Buenos Aires y colabora con la revista "Lamujerdemivida".

5 Comments:

Blogger Oliver said...

Por u8n momento volè, gracias.
Muy linda la lectura, Quisiera conocer a Laura jui jui jui.
Un abrazo.

1:26 PM  
Blogger Oliver said...

Tambièn a Julia.

2:34 PM  
Blogger Eugenio said...

No soy de las personas que le contarían a sus amigos, que "el mito de los negros es verdad". Con lo que quiero decir que no soy una persona que disfrute lo "light". Pero este cuento es impactante, y en la primera oportunidad voy a comprar el libro Alta Rotación de Laura. Un placer leerla, muchas gracias por regalarnos tu escritura.

8:59 PM  
Blogger lolet said...

es así

8:22 PM  
Blogger Clari said...

es lindo viajar, tener experiencias e historias para contar. cuando volví de Bolivia me junte en las las cholas con mis amigas y se re coparon con las historias que les compartí

2:46 PM  

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